Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó en la cabecera de la mesa, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:
–La tierra es redonda como una naranja.
Úrsula perdió la paciencia. “Si has de volverte loco, vuélvete tú solo,” gritó. “Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de gitano.”
Quiera o no, tengo sangre gitana. Tanto he caminado que ningún lugar me acomoda si no es una frontera, un espacio entre el aquí y el allá; tradición y novedad; hoy, ayer, y mañana. Por eso me enamoré de Nueva York y de mi trabajo de maestra—me fascinaron las maneras inteligentísimas en que los niños buscaban acomodar el español al ritmo y la rapidez de Nueva York, y como inventaban un inglés españolizado. Mientras los ortodoxos se quejan de este dialecto chucho, los académicos tratan de elevarlo como una adaptación eficaz del lenguaje a las necesidades de los inmigrantes. (Sabrás en qué campo estás por esta simple prueba: La frase, “llámame para atrás,” ¿te da un ataque de nervios, o te recuerda de una llamada que tienes que devolver?) Por mi parte, lo escuchaba y me asombraba, a veces me reía, a veces me caía mal, pero siempre me cautivaba el proceso de un niño que a la misma vez que va conociendo un mundo que no acaba de construirse, crea un lenguaje para expresarlo.
Como ejemplo, te ofrezco una cita preciosa, dicha por mi alumna Yanira* cuando le dije que trabajaría con un compañero suyo: “Ay, maestra, yo no quiero trabajar con Francisco*, porque Francisco es un boy y yo quiero trabajar con una girl.” La Real Academia vería esta mezcla como una contaminación del idioma, pero el buen observador sabe que la RAE no ofrece una palabra adecuada para lo que Yanira quiso decir. En todas las culturas, las interacciones entre niños y niñas siguen reglas distintas; Yanira aprendió por la televisión y la conducta de sus compañeros aquí nacidos que en EEUU, a los nueve años, los niños y las niñas se rechazan. Boys are gross. Decir lo mismo en español, “los niños son asquerosos,” no significa nada semejante. Entonces Yanira hizo un ajusto muy astuto a su lenguaje.
Mi trabajo de maestra de español también me forzaba a navegar entre dos polos opuestos: el de reconocer y valorar el Spanglish (como por mi naturaleza suelo hacer), y el de insistir en un español “puro” o académico. El mismo debate existe hace tiempo ya acerca de cómo apreciar el inglés afro-americano y a la misma vez enseñar un inglés “blanco”, “académico”, que le dé al alumno negro acceso a la universidad y el mercado laboral controlado por los blancos. En el caso del inglés negro, ya tenemos muchos modelos que confirman no solamente que el inglés negro puede incorporar lenguaje y estructuras de la academia blanca, sino que el inglés “blanco” no es adecuado para hablar de la experiencia negra en Estados Unidos. Toni Morrison, ganadora del Premio Nóbel de Literatura; el poeta Langston Hughes; y la autora y antropóloga Zora Neale Hurston son algunos de los muchos escritores que han desarrollado una voz simultáneamente académica y vernacular: un idioma negro y profundamente literario.
Claro está que la ruta desde un colegio urbano al Premio Nóbel tiene menos pista que despistes, y ahí me encontré en otro espacio poco definido: maestra de español para hispanohablantes en Nueva York. Y para complicarlo aun más: soy blanca, y mi primer idioma es el inglés. Planteo la pregunta que nos hizo Silvio Rodríguez algunos años atrás:
Compañeros de historia,
tomando en cuenta lo implacable
que debe ser la verdad, quisiera preguntar
me urge tanto,
¿qué debiera decir, qué fronteras debo respetar?
Contesto con una respuesta de maestra de geografía: las fronteras son límites inventadas por el imaginario humano. Tan pronto como a uno se le ocurra inventar una nueva frontera, a otro se le ocurrirá cruzarla.